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LA BANDA DE LOS COMISARIOS 
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 DE PENGUIN RANDOM HOUSE

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LA BANDA DE LOS COMISARIOS CAPITULO I

Advertencia:


Lo que sigue a continuación es una novela, nada más que eso. Pura invención. Todos los nombres y personajes que la integran son producto de una ficción, no existen ni existieron, ni siquiera el país donde suceden los hechos existe como tal, sólo es un nombre, una cáscara hueca llena de personas alocadas, sin dirección, fronteras vacías de contenido siempre al borde de la desaparición. 


CAPITULO I

Nada es lo que parece.
Lo que se ve no es lo que sucede; la realidad es un espejismo. La superficie engaña, enmascara el fondo de la cuestión. El detrás de escena es conocido por unos pocos entendidos. Los demás somos marionetas de causas ajenas bailando el paso que nos proponen, aunque no nos guste, estemos disconformes, gritemos en voz baja, siempre terminamos comprando las películas que nos venden.
– Si hacemos una oferta en efectivo nos quedamos con la empresa… – se desesperaba atorándose con las palabras procurando no perder el respeto debido, quería impresionar, dar un golpe de efecto, sacarle ventaja a los demás empleados que cumplían su misma función, las eternas competencias del personal de los grandes grupos económicos –. La están casi que regalando. No lo podemos dejar pasar –. Con seriedad exagerada enfatizaba abriendo grandes los ojos sin poder mantenerse quieto en su asiento, en una especie de deshielo frente a una mirada firme que lo penetraba, analizaba sus fichas, su próximo movimiento, y no se dejaba embaucar.
O al menos eso aparentaba.
El hombre adusto que ocupaba el lado principal del enorme escritorio, de ojos muy claros, profundos, calculadores y cansados por exceso de noches, no se demoró en pensamientos, recapacitaba al mismo tiempo que escuchaba, sabía perfectamente sobre lo que le estaban hablando, lo que estaba en juego, qué podría ganar o perder.
Tras una pausa mínima, utilizada para tomar una bocanada de aire, se expidió mezclando su idioma natal con el castellano, los pronombres, los modos, los tiempos verbales.
Se debía prestar mucha atención para no perderse en su discurso:
– Ma non possiamo – apenas comenzó rectificó, chasqueó la lengua e hizo un esfuerzo mental para elegir las palabras correctas –. Sí tú sabés mejor que nadie que no tenemos de donde ottenere tale importo ahora, es imposible, non fatto, no se puede. No me la van a dar e se me la dan no va a ser enseguida, tenemos que buscar por otro lado, ¿Comprendere? –. Respondió en tono paternal mientras balanceaba el cuello acompañando su desazón.
– Yo tengo la solución – se detuvo ante el abismo, vaciló, perdió el ímpetu con el que comenzó la frase, bajó la cabeza y volvió a erguirse tembloroso –. Si me permite…, ya lo pensé –. Deslizó orgulloso demorando su frase como bien lo había aprendido en los postgrados realizados en las mejores universidades anglosajonas, la cáscara donde vivía sin preocuparse de cómo en realidad se movía el mundo.
Una enorme oficina de un lujoso edificio, situada en el barrio más costoso de la Capital Federal, se transformó en el escenario de la conversación entre uno de los empresarios más poderosos de la Argentina a principios de la década del noventa y su mayor consejero de confianza, entre muchos otros que tenía a su disposición dentro del enorme imperio que administraba: desde hacía varios días se debatían en ideas rompiéndose la cabeza, pensando en cómo hacer para quedarse con la titularidad de una empresa pesquera radicada en una provincia del sur que estaba a punto de ser vendida de urgencia muy por debajo de su valor de mercado.
– A ver, ¿cuál? Decíme nene. ¿Qué piensas? –. Se interesó el empresario suspirando, demostrando cierto hartazgo del tema al reconocerse en un callejón sin salida.
– ¿Sabe actuar? –. Preguntó el consejero dejando descubrir una leve señal de picardía del que cree estar un escalón por encima del resto, aunque muchas veces no sea cierto.
– ¿Qué me quiere decir? –. Se enderezó en su asiento, arrugó la nariz, entornó los ojos, esos mismos que hasta hacía segundos se los notaba calculadores tomaron el cariz de la suspicacia. Estaba interesado, pero como el mejor de los jugadores siempre se reservaba una carta en la manga y sus gestos no delataban ningún sentimiento interior.
– El pibe. Hace unos meses contrató un seguro, ¿no? –. Habló de corrido, muy rápido, sin darse tiempo para pensar y arrepentirse.
El consejero se metía a sabiendas en un terreno pantanoso en el que podía hundirse en segundos con solo nombrar a quién nombró y de la manera en que lo hizo. Sin embargo parecía dispuesto a embarrarse, llevarse el mundo por delante, como buen exponente de la nueva generación que era.
– ¿Mio figlio? – preguntó con cierto estupor, torció la mirada, acusó un golpe  –. Sí, ¿y? –. Movió la cabeza desconfiado, sin poder ocultar el brillo de la codicia resaltando en su mirada, esa misma que le permitía ver a miles de kilómetros a la redonda un buen negocio, reproducir su dinero, acumular activos y a su vez sentir la voracidad extrema por aumentar su fortuna de cualquier manera.
La conversación comenzaba a tomar un viso inédito. No mucha gente se atrevía a hablarle de esa forma, y menos a deslizarle ciertas cosas. Si ese hombre algo nervioso, aunque intentara aparentar lo contrario se lo notaba tenso, tenía valor para adentrarse en un terreno sensible debería ser algo muy importante para tomarse una prerrogativa que podría costarle el trabajo…, o la vida.
– ¿No lo ve? Tenemos que cobrarlo –. Lo dijo por fin y pareció desinflarse. Se lanzó al precipicio sonriendo, y mantuvo esa sonrisa idiota, nerviosa, abriendo a su vez las palmas, dejando caer las manos como si hubiera tenido la idea más simple del mundo. Y tal vez lo era, la acción de cobrar, aunque en el medio jugaban muchos factores que se podían levantar como murallas ante aquella arriesgada maniobra.
– ¿Cobrarlo? –, sonrió acompañándose con un leve sonido producto del aire que escapó por su boca y repitió a modo de interrogación representándose el significado de lo que no le había dicho todavía pero sospechando hacia donde lo llevaba –, ¡¿ma qué decís?! ¿Tas loco vos? –. Lo increpó con cierto humor, balanceándose, pretendiendo marcar las distancias pero dejando una pequeña rendija en la puerta para que se pudiera atravesar en caso de contar con el arrojo suficiente.
– Sí, es mucha plata, tenemos que hacerla valer. Lo hacen todo el tiempo. Ese es el negocio –. Se armó de la audacia necesaria para ingresar por ese espacio, seguir con su idea, y lo hizo con gestos grandilocuentes viciados de lógica irrefutable. Era su jugada, no la dejaría escapar, la defendería con uñas y dientes. Ya estaba metido en el baile.
– ¿Ma qué me estás diciendo? ¿Cómo se lo explico per qué entienda? – lo arrinconó con dos preguntas consecutivas para después asegurar sin variar su humor, con la calma que lo caracterizaba –. Él no es así. ¡Per favore!
No, no lo era, era distinto, su hijo era distinto, y el padre se lamentaba de que así fuera, buscaba una fisura, qué había hecho mal en la crianza, en qué había fallado, de dónde provenía ese desvío. Estaba desilusionado pero aún no sabía a ciencia cierta cuanto podía llegar a estarlo en el futuro. Su desencanto recién comenzaba, y él podía hacer mucho para que la distancia se agigantara escuchando ciertas propuestas que tendría que haber desechado de entrada, sin ningún tipo de vacilación.
– Ahí está, ese es el punto – apretó el acelerador, encontró el resquicio, la debilidad, acercó su pecho al escritorio quedando en una posición incómoda, bajó la voz, casi que habló con dulzura –. Él no entiende nada, no hay que decirle nada. Está en otra. Para que funcione tenemos que ser pocos los que sepamos, cuantos menos mejor. Yo conozco a la gente indicada para hacerlo –. Insistía presagiando que su plan estaba próximo a tomar el impulso necesario para ser ejecutado.
– No sé. No me parece. Un alto rischio –. El gran empresario, aunque carente de estudios académicos, era una persona brillante: autodidacta, emprendedor, todos sus conocimientos los adquirió gastando suelas. Por su posición privilegiada y contactos personales en las altas esferas gubernamentales no podía estar ajeno a la situación que vivía el país y a los casos similares de los últimos años culminados en tragedia.
¿Y entonces? ¿Por qué no echaba de inmediato a ese hombre cuarentón de su oficina? Al no hacerlo permitía que el pájaro carpintero le taladrara la cabeza, un mal agüero, grandes perspectivas de ganancias, demasiado riesgo. Pero, ¿qué sucede con quien no arriesga?
– Es la única manera. Pero tenemos que hacerlo bien –. Arremetía el consejero no queriendo dar el brazo a torcer una vez embarcado en su aventura.
– No, no. No puedo. No me parece. E 'pericoloso –. Regresó a la seriedad, la cautela, como un boxeador veterano no se dejaba arrinconar contra las cuerdas, pero el novato incansable lo perseguía con sus golpes.
– Pero si no va a ser el primero ni el último que lo haga. Lo hacen todos – replicó a modo de argumento ad populum, jugando la carta consuelo del mal irremediable –. Es la mejor manera y más simple. Mire a su costado, en todos estos años. ¿Cuántos casos hubo? ¿Usted cree que fueron reales? ¡Vamos! ¡Por favor! Sabemos que no. Cobraron seguros, lavaron guita, la blanquearon, todo es un negocio. Si no, desde ya que no me hubiera arriesgado a proponerle está idea –. Jugó al ofendido, desvió su mirada, estaba dispuesto a retirarse.
No hicieron falta demasiadas explicaciones. El empresario asintió cerrando los ojos, entendió enseguida pero dudaba, y esa indecisión era algo inédito en su vida. Nunca lo hacía.
– No sé, no sé –. Suspiró, se tomó la frente, acarició su cabello, exteriorizaba cierta confusión.
La oferta que le presentaron parecía tentadora a primera vista. Su poder económico en realidad no era tal. A pesar de su imperio él debía rendir cuentas a otros hombres procedentes de su país de origen: todo lo que tenía no le pertenecía con exclusividad.
– Escúcheme, después me dice que no, pero al menos escuche mi idea, deme un minuto –. Se desesperó procurando defender su brillante plan.
– A ver, hablá, ti escucho –. Lo autorizó su jefe con un ademán curioso en sus manos cuál camarero cargando una bandeja invisible notando de inmediato un gesto de dicha orgullosa en la boca de su consejero.
– Esto funciona por grupos – comenzó a explicarse emocionado –. Yo me manejo con la cúpula, con lo más alto, un nombre que me abre el camino y ellos encargan el trabajo a un grupo intermedio, que desconocen el fondo del asunto, y a su vez los del medio delegan la tarea en un equipo inferior, muy inferior, los que nunca se imaginan para quiénes ni para qué trabajan en realidad. Los de abajo están convencidos de que el hecho es en propio beneficio. Nunca puede salir mal. Es más: hasta usted va a pagar lo que le exijan los captores, pero por el otro lado va a cobrar con el seguro cinco veces más de lo que le pidan. Y durante todo el proceso va a sufrir, jurar venganza y mover muchos recursos. Usted los tiene todos a su alcance. Pero nunca va a perder menos de lo que va a ganar. Eso es seguro. Y por supuesto que cuando lo denunciemos en la compañía inflamos los números al máximo. ¡De eso se trata el negocio! –. Culminó con una exclamación digna de una tragedia griega calculada para impulsar las velas de su idea a fin de arrimar el barco a la costa, o al menos eso pensó.
– Es una locura, ¡y io hice muchas eh! Per cobrar el seguro me van a mandar agentes statunitense para que investiguen, sicuramente tutti ex FBI que algo sabrán del tema, no son nene de pecho. Van a revisar todo antes de largar una moneta. No los vamos a pasar así nomás – contestó desviando con desagrado la atención hacia la ventana de su oficina como primera reacción a la idea que le presentaron –. Ti aseguro que no vamos a ser los primeros en intentarlo. Ya lo han hecho y los statunitense son así. Una vez los pasan. Due no.
– No pasa nada. A los americanos los fumamos en pipa. Acá no es Estados Unidos. No van a tener idea de cómo moverse. Todo está podrido. Ellos no están acostumbrados. Si los sacamos de su contexto se pierden. El seguro que usted contrató es por cincuenta millones. Lo tenemos que hacer valer –. Insistía con soberbia, con una necedad peligrosa de creerse parte del ombligo del mundo.
– No me parece tan facile –. La idea era tentadora pero en principio inaccesible. Había que estar confundido para aceptar o dejarse convencer.    
– Piénselo. Desde el Presidente Mendel(1) para abajo son todos amigos suyos y no quieren perder sus favores. Además a los políticos les puede servir como propaganda. Necesitan un golpe de efecto, desviar la atención de la gente ahora que se está yendo a la mierda de nuevo el país.
– No sé, no le puedo hacer esto al pibe –. Sacudió la cabeza como queriendo expulsar al demonio de su interior.
– El pibe va a estar bárbaro, como en un hotel, lo van a atender de mil maravillas. Eso lo tengo claro, así funciona, cuidan el negocio, y el negocio es el pibe, somos nosotros – rectificó en seguida, se dio cuenta del error –. Es usted.
– No sé, no me gustaría engañarlo así.
– Pero tampoco se lo puede decir. ¡Si él no tiene idea de la vida! – se agitó el consejero –. Se la pasa buscando minas, está en otra, usted lo conoce mejor que yo. No le va a pasar nada. Se va a perder un par de días de su vida. Lo mantenemos todo en secreto. Ni la Policía se va a meter.
– ¿Minas? ¿Tú decís minas? Noooo, esto es otra cosa. Esto non si trata di mujeres. Él maneja mí impresa. Tú lo sabés bien.
– Sí, y se bien lo que está haciendo con la empresa. Es una caja de Pandora, una bomba de tiempo. En cualquier momento estalla.
– ¿Pandora? ¿Qué tiene Pandora? –. Marco se extravió, pero enseguida lo devolvieron al tema.
– Si lo hacemos no le va a pasar nada. Es seguro.
– Sicuro está preso – alegó entrelazando las manos como si lo estuvieran esposando –. ¿Y quiénes lo van a hacer? ¿Cuándo? –. El empresario apoyó los codos en el escritorio para ayudarse a sostener su cuerpo acortando la distancia con su interlocutor buscando cierta intimidad. Sin notarlo comenzaba a introducirse en una trampa con pasos muy cortos.
– Por motivos de seguridad eso no lo puede saber – y sincerándose, a modo de resignación, agregó compungido frente al cambio de postura de su jefe que se alejó, retrocedió de manera abrupta –. El cuándo ni yo voy a saberlo. Va a ser cuando ellos lo dispongan. Tiene que ser una sorpresa hasta para nosotros. Cuándo consideren que están dadas las condiciones lo hacen.
A un desprevenido observador le hubiera sido imposible identificar correctamente a la persona con mando en esa oficina si no atendía a las posiciones en el escritorio.
Mientras el más joven llevaba adelante la conversación, enfatizando, gesticulando, vestido impecablemente con un costoso traje de corte europeo, bronceado y bien peinado con gomina emulando a un tanguero, el hombre mayor que había cruzado la línea de los sesenta, algo desaliñado, de cabellera abultada y revuelta, usaba una camisa de magas cortas a cuadros muy sencilla, con el cuello abierto, y sólo escuchaba limitándose a preguntar en determinadas ocasiones, pausando la conversación cuando decidía tomarse algunos segundos de meditación a los que el consejero no se atrevía a interrumpir.
– ¿Da cómo qué no? ¿Io soy el que más arriesga y no puedo saber nada? ¿No voy a saber en manos de quien está mi hijo? Tú estás errato –. Acentuó señalando con el dedo índice muy rígido. No le parecía correcto no poder dominar la situación a un hombre que siempre se había preciado de tener todo bajo su control, seguro que de esa manera le salían las cosas a la perfección.
– No, es mejor así. Yo únicamente me manejo con un contacto, que es de máxima confianza, es una persona de las altas esferas, él se encarga de manejar todo.
– ¿Altas esferas? ¿Político? –. Habló como suplicando una pista, la curiosidad que mató al gato tomó posición en su semblante.  
– Policía –. Aclaró con sequedad, desviando la mirada, jugando al distraído.
– ¿Policía? – repitió a modo de interrogación torciendo la nariz con disgusto –. No me agrada meterme con la policía.
– Son de confianza –. Aseguró endureciendo los músculos de su boca a fin de evitar que se notara su mentira.
Y mentía, porque nunca había trabado relación cercana con un puto policía, mentía, porque conocía a conocidos de conocidos, habló por teléfono con una voz que le hizo una recomendación, una voz que le abrió el pasó a otra voz, y pese a que creía montar avestruces al galope, jugar a la mancha con los aviones o que sus contactos eran pesados, no tenía nada, era un simple instrumento de ciertos hombres que nunca muestran la cara.
– ¿Y cuánto nos va a costar? ¿Cuánto denaro líquido? –. Indagó el empresario mostrándose un poco más interesado, dejando de lado el desaire de su empleado, porque después de todo era un insignificante empleado, además de un muchacho extremadamente arrogante, pero con una propuesta interesante y en principio un buen estratega.
– Un millón y medio, que va a ser la mitad de lo que le pidan por el rescate. La otra mitad se la devuelven. El seguro es todo suyo. Con eso no se meten.
– ¿Dólares? –. Solicitó una aclaración y se la dieron de inmediato.
– Sí, dólares.  
– ¿Da cómo sé que voy a salir ganando?
– Nadie pierde. Ese es el negocio –. Impostó un guiño que no conmovió a su jefe.
– No, si se sospecha algo perdere tutto, molto rischioso –. Cauteloso dio un paso hacia atrás.
– Piénselo, usted está cubierto. Podemos manejar todo. Usted lo sabe. Nadie se va a animar a insinuar nada. También lo podemos manejar con el periodismo si algo se llega a filtrar –. Volver a la carga, retroceder, contra atacar, dar la estocada final.
– No sé, es mucho, molto rischioso – repetía –. No se va a recuperare después de questo. Al menos se lo tendríamos que decir, él va a colaborar sí io se lo pido.
– No, no se puede – ese punto no se discutía –. Usted lo conoce mejor que yo –. Lo conocía, claro que lo conocía, era carne de su carne, sin embargo a medida que pasaban los años cada vez lo desconocía más, se alejaban, chocaban, no lograban ponerse de acuerdo en nada.
– No sé, no me convence. Muy arrischiato, eccessivamente.
– Sí, es cierto – admitió –. Pero la recompensa es mucha –. Agregó sin tomarse una pausa para respirar.
– Molto denaro però... –. No acabó a frase, abrió los brazos, gesticuló con sus cejas, miró por sobre el cuerpo de su consejero que se vio tentado a darse vuelta para ver qué había detrás de él.
Pero allí no había nada, sólo moraba la duda invisible, el espíritu de un fantasma torciendo el destino.
– Usted sabe que necesitamos ofertar ya y pagar enseguida, todo en menos de un mes. No podemos perder la oportunidad. La venimos buscando hace tiempo. Ya casi es nuestra.
– Déjeme pensarlo, quiero pensare –. Decidió y dio por finalizada la reunión con la autoridad que lo caracterizaba.

El empresario, aunque lo intentó, no pudo quitarse la idea de la cabeza. ¿Qué podía salir mal? Para él nada, nunca le salían mal las cosas, pero siempre la codicia de otros que desconocen los acuerdos preexistentes puede complicar los planes perfectos.

1) Álvaro Mendel: Presidente Argentino (1989 – 1999). Carismático, encantador de serpientes, inexplicablemente seductor de famosas mujeres. Perteneciente al Partido Justicialista (Peronismo). Triunfó en las elecciones presidenciales de 1989 prometiendo una revolución productiva y cuando llegó al poder no hizo nada de lo que prometió. Con sueños de monarca cuando finalizó su periodo constitucional las denuncias de corrupción le valieron varios procesos judiciales, pero tuvo suerte, la gente lo siguió eligiendo para cargos públicos y disfrutó de eterna inmunidad. 
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