¿QUIEN SECUESTRÓ AL PRESIDENTE EN 1991? - LA BANDA DE LOS COMISARIOS



Los fantasmas no se ven ni se ensucian; su manta blanca permanecerá impoluta ocultando sus facciones aunque para hacer sus negocios se entrometan entre los cerdos en grandes extensiones de lodo.
Al común denominador de las personas nos han vendido mil ficciones de aparecidos, banalizando las historias para transformarnos en escépticos, y a medias lo han conseguido.
La mayoría descree de los fantasmas…
Pero ellos existen, manejan nuestros hilos, señalan, encargan, disponen, y llenan sus bolsillos con dinero ajeno.
Nunca sabremos quiénes son, de dónde vienen, cómo lucen, de qué viven. No pagan sus delitos, impuestos, ni servicios; siempre hay alguien dispuesto a hacerlo por ellos, desconociendo para quienes trabajan en realidad.
Los fantasmas…
Están vivos, fingen sus muertes para que dejemos de interesarnos en ellos: algunos disfrutan el exilio en pequeños países olvidados del mapa, construcciones fiscales, playas paradisíacas, islas virtuales. Otros ni siquiera se toman la molestia de marcharse porque de ningún modo se conocen sus nombres y viven a una altura inalcanzable para la gente de a pie, nosotros, los que resistimos el día a día.
Quizás se desconfía de su existencia porque son pocos, y muy poderosos, tanto que el anonimato es su mejor estilo. Desde allí manejan a políticos, jueces, policías, empresarios, medios de comunicación, periodistas, espías; aunque se encarguen de aparentar lo contrario resumen en sus manos todo el control de una nación en propio beneficio.
Yo no creía en fantasmas…
Hasta que me contaron una historia, y ahora sé que vienen por nosotros…

***

El Ruso Andrés, Subcomisario de la Policía Federal Argentina, era, según la opinión de sus amigos y compañeros, un oficial brillante y calculador que cuando algún problema urgente se presentaba con el personal a su cargo primero se tomaba unos minutos para pensar, meditar, serenarse y después decidía un plan de acción. Su frialdad despertaba temor entre sus enemigos y admiración entre sus subordinados, que confiaban ciegamente en su experiencia.
Refieren, quiénes la tuvieron, que la impunidad es peligrosa, seductora, embriagadora y traicionera. El Ruso la experimentó en carne propia: un primer hecho se produjo como lo había planeado, después llegó el segundo, el siguiente y los demás, creando la ficción de que nunca se equivocaría. ¿Qué podía salir mal? El último hecho. El que siempre sale mal; el último, el que no tendría que haber sucedido; el último, el que le dejaría una marca de por vida.
Sin embargo, para que el último hecho se desencadenara, obligadamente debió haber un primero y precisamente ese pecado original era el que con exagerada vehemencia les intentaba explicar a sus hombres de confianza en la privacidad de una oficina en el edificio de Seguridad Federal donde la mayoría de ellos a fines del año setenta y ocho trabajaban o lo habían hecho hasta hacía muy pocos meses:
– Es un negocio redondo muchachos. Cero riesgos. Tenemos que hacer lo que hacemos siempre –. Se empeñaba en una explicación que sonaba sensata cuando abandonaba su boca y se mezclaba con sus movimientos, pero aún así debía esforzarse más para convencerlos y se desesperaba frente la pasividad que transmitían. ¿Cómo no captaban la idea? ¿Alguna vez les había fallado? ¿Se equivocó en pensar en ellos?
– No sé, ¿te parece? –. Objetó apático el también Subcomisario Toto Amaral, un hombre en el que sus conocidos nunca se fiaron totalmente a la hora de los negocios. Según algunos rumores primero se salvaba él y después los demás. No tenía ningún reparo moral en saltearse cláusulas de los acuerdos e inventar nuevos artículos sin consultar.
La figura esbelta de Amaral, de un metro ochenta de altura, tez oscura con cabello bien negro y abundante, contrastaba con el cuerpo de Andrés que comenzaba a ensancharse sin colaborar para ello su corta estatura y su frente ancha que le imposibilitaba ocultar una incipiente calva.
Ambos oficiales comenzaban a vivir sus cuarenta años de vida. Los últimos veinte, su antigüedad dentro de la Policía, mal llevados de tanto vapulear el cuerpo, de noches enteras al servicio de la comunidad, o a su propio servicio fingiendo que lo hacían en beneficio de los contribuyentes, de exceso de alcohol, cigarrillos, garitos nocturnos, valiéndose de las licencias que el trabajo les otorgaba. No aparentaban la edad que realmente tenían. Parecían más viejos, y eso es lo que desde jóvenes intentaron representar: ser más grandes de lo que en realidad eran.  
La característica más sobresaliente de Toto Amaral era que sólo se cuidaba de no contrariar a sus compañeros de mayor peligrosidad con sus manejos turbios a la hora de repartir las regalías por miedo a que disgustados ajustaran cuentas con palabras de plomo. En aquella época nadie tenía la vida asegurada, el disparo podía provenir de cualquier lugar, y el lugar que ocupaban no era de los más seguros.
– ¡Siiii! – afirmación desesperada, fastidiosa. ¿Qué les pasaba?, pensaba observando a su auditorio, ¿tenían miedo? ¿A dónde dejaron los huevos? En esto hay mucho dinero, se atormentaba mientras calculaba las palabras justas para no herir susceptibilidades –. Es un trámite. Es como ir al banco a cobrar un cheque. Hicimos cosas más arriesgadas que esto…, me extraña muchachos –. El Ruso se ofuscaba entre vocales y consonantes al ver que sus compañeros no tomaban su idea y desconfiaban, daban vuelta la cara, desviaban la mirada, se valían de todos los gestos conocidos para representar la duda.
Al escritorio lo rodeaban hombres acostumbrados al peligro y a sacarle jugo a las piedras. Entre ellos se conocían de sobra. Guardaban cientos de secretos perversos y todos sentían una atracción obscena hacia el dinero. Cuando un negocio salía bien ganaban mucho, demasiado, pero al ser tan fácil conseguirlo, porque sólo exponían la vida y la libertad, ninguno lo guardaba, gastaban más de lo que tenían y al otro día pensaban en cómo hacer malabares a fin de cubrir las cuentas pendientes. Ninguno ahorraba para el futuro. Como buenos policías vivían el presente sin pensar en el después.
– No se Ruso, mirá que hicimos muchas cagadas, pero esto no me convence. De esto no volvemos si sale mal.
– O volvemos millonarios – tentó Andrés al bolsillo de su compañero sin darle posibilidad de pensar, recuperarse, tirar otro golpe –. No seas boludo, es redondo. ¿Cómo no lo ves? ¡No lo puedo creer! Tenemos todos los datos: los marcamos, los levantamos(3), los metemos en la capucha(4), negociamos y cobramos. Pensá: ¿quién puede venir a buscarlos? ¿La Policía? Somos nosotros. ¿El Ejército? Ellos me lo propusieron. Les damos su pedazo y nos los sacamos de encima, y además los vamos a guardar en dónde están todos. ¿A quién se le va a ocurrir buscar ahí? Si están todos en el aire. Hay cientos de detenidos, uno o dos más no hace la diferencia. No va a pasar nada si nos manejamos con prudencia. Todo el tiempo metemos y sacamos gente, es nuestro trabajo. 

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