¿QUIÉN SECUESTRÓ AL PRESIDENTE ARGENTINO EN 1991?


Nada es lo que parece.
Lo que se ve no es lo que sucede; la realidad es un espejismo. La superficie engaña, enmascara el fondo de la cuestión. El detrás de escena es conocido por unos pocos entendidos. Los demás somos marionetas de causas ajenas bailando el paso que nos proponen, aunque no nos guste, estemos disconformes, gritemos en voz baja, siempre terminamos comprando las películas que nos venden.
– Si hacemos una oferta en efectivo nos quedamos con la empresa… – se desesperaba atorándose con las palabras procurando no perder el respeto debido, quería impresionar, dar un golpe de efecto, sacarle ventaja a los demás empleados que cumplían su misma función, las eternas competencias del personal de los grandes grupos económicos –. La están casi que regalando. No lo podemos dejar pasar –. Con seriedad exagerada enfatizaba abriendo grandes los ojos sin poder mantenerse quieto en su asiento, en una especie de deshielo frente a una mirada firme que lo penetraba, analizaba sus fichas, su próximo movimiento, y no se dejaba embaucar.
O al menos eso aparentaba.
El hombre adusto que ocupaba el lado principal del enorme escritorio, de ojos muy claros, profundos, calculadores y cansados por exceso de noches, no se demoró en pensamientos, recapacitaba al mismo tiempo que escuchaba, sabía perfectamente sobre lo que le estaban hablando, lo que estaba en juego, qué podría ganar o perder.
Tras una pausa mínima, utilizada para tomar una bocanada de aire, se expidió mezclando su idioma natal con el castellano, los pronombres, los modos, los tiempos verbales.
Se debía prestar mucha atención para no perderse en su discurso:
– Ma non possiamo – apenas comenzó rectificó, chasqueó la lengua e hizo un esfuerzo mental para elegir las palabras correctas –. Sí tú sabés mejor que nadie que no tenemos de donde ottenere tale importo ahora, es imposible, non fatto, no se puede. No me la van a dar e se me la dan no va a ser enseguida, tenemos que buscar por otro lado, ¿Comprendere? –. Respondió en tono paternal mientras balanceaba el cuello acompañando su desazón.
– Yo tengo la solución – se detuvo ante el abismo, vaciló, perdió el ímpetu con el que comenzó la frase, bajó la cabeza y volvió a erguirse tembloroso –. Si me permite…, ya lo pensé –. Deslizó orgulloso demorando su frase como bien lo había aprendido en los postgrados realizados en las mejores universidades anglosajonas, la cáscara donde vivía sin preocuparse de cómo en realidad se movía el mundo.
Una enorme oficina de un lujoso edificio, situada en el barrio más costoso de la Capital Federal, se transformó en el escenario de la conversación entre uno de los empresarios más poderosos de la Argentina a principios de la década del noventa y su mayor consejero de confianza, entre muchos otros que tenía a su disposición dentro del enorme imperio que administraba: desde hacía varios días se debatían en ideas rompiéndose la cabeza, pensando en cómo hacer para quedarse con la titularidad de una empresa pesquera radicada en una provincia del sur que estaba a punto de ser vendida de urgencia muy por debajo de su valor de mercado.
– A ver, ¿cuál? Decíme nene. ¿Qué piensas? –. Se interesó el empresario suspirando, demostrando cierto hartazgo del tema al reconocerse en un callejón sin salida.
– ¿Sabe actuar? –. Preguntó el consejero dejando descubrir una leve señal de picardía del que cree estar un escalón por encima del resto, aunque muchas veces no sea cierto.
– ¿Qué me quiere decir? –. Se enderezó en su asiento, arrugó la nariz, entornó los ojos, esos mismos que hasta hacía segundos se los notaba calculadores tomaron el cariz de la suspicacia. Estaba interesado, pero como el mejor de los jugadores siempre se reservaba una carta en la manga y sus gestos no delataban ningún sentimiento interior.
– El pibe. Hace unos meses contrató un seguro, ¿no? –. Habló de corrido, muy rápido, sin darse tiempo para pensar y arrepentirse.
El consejero se metía a sabiendas en un terreno pantanoso en el que podía hundirse en segundos con solo nombrar a quién nombró y de la manera en que lo hizo. Sin embargo parecía dispuesto a embarrarse, llevarse el mundo por delante, como buen exponente de la nueva generación que era.
– ¿Mio figlio? – preguntó con cierto estupor, torció la mirada, acusó un golpe  –. Sí, ¿y? –. Movió la cabeza desconfiado sin poder ocultar el brillo de la codicia resaltando en su mirada, esa misma que le permitía ver a miles de kilómetros a la redonda un buen negocio, reproducir su dinero, acumular activos y a su vez sentir la voracidad extrema por aumentar su fortuna de cualquier manera.
La conversación comenzaba a tomar un viso inédito. No mucha gente se atrevía a hablarle de esa forma, y menos a deslizarle ciertas cosas. Si ese hombre algo nervioso, aunque intentara aparentar lo contrario se lo notaba tenso, tenía valor para adentrarse en un terreno sensible debería ser algo muy importante para tomarse una prerrogativa que podría costarle el trabajo…, o la vida. 
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