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Se ahogaba.
Apenas cabía donde lo habían obligado a meterse. Tocaba con las manos la tapa a centímetros de su cabeza y pensaba lo peor: ¿lo enterrarían vivo? ¿Quiénes eran? ¿Tenía aquello algo que ver con los negocios de sus empresas? ¿Una represalia contra su familia? ¿Un ajuste de cuentas? ¿A quién habría perjudicado?
Intentó resistirse. De inmediato se dio cuenta de que no fue una buena idea.
Le dolía la cara por la trompada que le pegaron. La calle significaba para él una extensión de terreno vacía. Nunca se había peleado con nadie, y tampoco aquella oportunidad significó su primera vez. No tenía ningún tipo de oportunidad. ¿Cómo se le ocurrió tamaña imprudencia?
Su cuerpo se movía al compás de los baches. Permanecía acostado, no se podía mover. La madera dura y la acción del empedrado le dañaban la columna vertebral, el cóccix, la nuca.
Y se ahogaba, o la claustrofobia incipiente, la oscuridad y la incertidumbre lo hacían ahogarse.
Pese a que no pudo ver se imaginaba el lugar en donde lo habían encerrado pero se obligaba a dejar de pensar porque le producía más miedo y una mayor sensación de ahogo, derrochar el poco aire que había. 
El alambre con el que le ataron las muñecas lo lastimaba a cada movimiento. Tenía frío. Casi que lo habían desnudado. Con una velocidad increíble digna de un prestidigitador le quitaron el saco, los pantalones, la corbata, la camisa, le vendaron los ojos, lo encapucharon y le inmovilizaron los pies y las manos.
Comenzó a temblar, las bajas temperaturas triunfaron sobre la adrenalina.  
Dejó de luchar. Se rindió a sus captores. Sabían lo que hacían. Desde que lo interceptaron en la puerta de su casa hasta que lo subieron a una camioneta no pasaron más de cinco minutos: los peores de su vida, o al menos eso creía. Todavía era pronto para aventurarse con semejante pronóstico.
Reprimió el impulso primigenio que lo aconsejaba a dar un grito de terror. No gastaría fuerzas, nadie lo escucharía. Guardó silencio. Lo tomó con cierta resignación. El tiempo se había estancado junto con el aire: calculó mentalmente dos horas de oscuridad aunque en realidad no transcurrieron más de treinta minutos marcados por una desesperación que lo paralizaba dejándolo al borde del ahogo.
Y se ahogaba. ¿Lo enterrarían vivo? 
Abría grande la boca, inspiraba con exceso de brío, intentaba rescatar partículas de aire de aquel vacío, pero todo esfuerzo era insuficiente para llenar sus pulmones. Tenía frío, miedo, miedo, miedo, nada más que miedo. 

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